Dejame tu mensaje

Espero que puedas dejarme tu huella
gracias!!!

martes, 1 de mayo de 2012

proyecto interbibliotecario

estamos proyectando entre las bibliotecas escolares
Bibliotecaria Rosa, Dany, Beba, Nely y Mony

viernes, 15 de abril de 2011

REESCRITURAS DE TEXTOS FANTASTICOS DE CHINA A BORGES

Consigna  En primer lugar, buscar en la web alguna obra literaria (meta) inspirada en un relato anterior (fuente) y luego, dar cuenta de los cambios que supone una nueva versión teniendo en cuenta: anécdota, tipo de narrador, selección y organización de la información, marco, género.
TEXTO FUENTE
La sentencia Wu Ch’eng (autor chino del siglo XVI)

Aquella noche, en la hora de la rata, el Emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El Emperador accedió: el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del Emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el Emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el Emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio. El Emperador lo mandó a buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del Emperador y gritaron: cayó del cielo.
Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó: que raro, yo soñé a un dragón así.
TEXTO META

Las ruinas circulares
Jorge Luis Borges
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
Viejas como el miedo, las ficciones son anteriores a las letras. Los aparecidos, los muertos, las explicaciones a lo desconocido pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las Mil y una Noches, tal vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos.
En La sentencia su protagonista, el Emperador  siguiendo los dictados de una lógica impecable, se propone impedir el asesinato del dragón sin sospechar que igualmente será  la víctima de ese crimen que cree haber resuelto. Como creyó haber descubierto el esquema que ha planeado el asesino; lo que realmente hizo fue seguir los juegos y ardides de un plan inventado por su vengador para atraparlo: en el sueño le prometió evitar su muerte, y por eso mantuvo ocupado todo el día a su sirviente: pero este igualmente había soñado que mataba a un dragón, cuya cabeza cae finalmente a los pies del Emperador . La ilusión de haber descifrado el enigma de ese plan presenta otra vez, desde otra perspectiva, el problema de la impotencia humana ante la fatalidad del destino.
En su ensayo “Formas de una leyenda” Borges ha recordado que todas las religiones del Indostán y en particular el budismo enseñan que el mundo es ilusorio:" Minuciosa relación del juego (de un Buddha) quiere decir Lalitavistara; un juego o un sueño es, para el Mahayana, la vida del Buddha sobre la tierra, que es otro sueño".(O.I. 207).
Esta doctrina del mundo como sueño de Alguien o de Nadie (porque a los ojos del budismo del Norte, el mundo y sus prosélitos y el Nirvana y la Rueda de las transmigraciones y el Buddha son igualmente irreales) deviene otro de los temas centrales en la obra de Borges.  El sueño.
En Ruinas Circulares  el protagonista, un mago que intenta crear un ser, al final se da cuenta que como su hijo soñado, también el soñador no es otra cosa que el sueño de otro mago que sueña. La existencia de dos soñadores deja entrever la posibilidad de una serie infinita de soñadores; esta posibilidad está reforzada por la forma circular del templo (el tiempo circular según el cual todas las cosas se repiten cíclicamente
Este contraste trágico entre un hombre que se cree dueño y hacedor de su destino y un texto o plan divino en el cual está ya escrita su suerte, hace pareja con el problema respecto al universo: el mundo es impenetrable, pero la inteligencia humana no cesa de proponer esquemas.
En ese libro que es el universo, Dios o Alguien ya ha escrito nuestro destino; para nosotros ese texto es ilegible porque - explica Borges citando a Bloy - "no hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero..."(O.I.162).
Esa voluntad que nos sueña o escribe, de la que somos imperfectos simulacros o piezas de un infinito juego, es Dios. Detrás de Dios, sin embargo, Borges sugiere la posibilidad de un segundo dios que repite el sueño, el texto o el juego, y así, ad infinitum, como en el caso de los soñadores de Las ruinas circulares.
Esta insistencia en el carácter infinito del juego o del sueño, además de ser un recurrente motivo que en mayor o menor medida aparece en casi todas sus narraciones, se traduce al nivel de estilo en un insistente adjetivo,
En nuestro caso, el infinito es la única dimensión que conviene a ese mundo concebido como un laberinto insoluble; su función es clara: la infinitud espacial y temporal del universo acentúa su naturaleza caótica y refuerza su condición de impenetrable
Ese mundo ficticio, donde la medida de todas las cosas es un relativismo que otorga validez a lo inverosímil y a lo absurdo, no es una evasión de la realidad, es más bien su retorno, pero con la flor que, como la de Coleridge, prueba que existe y que es también un sueño.

domingo, 3 de abril de 2011

Crónica en voz de mujer: cuerpos colonizados


Comparto  este trabajo  monográfico sobre la mujer durante la conquista española y la conquista sobre el aborigen porque son voces silenciadas, que deben ser revisadas y puestas de relieve.
La novela  La flor de hierro (1978) Ediciones Castañeda de Libertad Demitrópulos es deslumbrante porque la instala en el centro de la historia argentina a través de la relación que efectúa con la historia de mujeres, que luchan contra el silencio.
Su voz viajó mutó y dispuso de esas historias de mujeres de épocas,  razas, culturas que experimentaron el peligro de enunciarse en un Yo: indias, españolas, heroínas  criollas, mujeres valientes: “No me propuse denunciar nada, sino poner en evidencia el drama del no decir que está presente desde que un Obispo le ordenó silencio a Sor Juana”.[1] Y en el texto, ella pone justamente estas palabras en la boca del cura cuando habla con Violante, la esposa doliente: “… escribir es cosa vana en una mujer”
Insiste en contar las historias de mujeres y de viajes: ellas son siempre espléndidas, sufrientes, resueltas, pudorosas o atrevidas pero las carga de todos los atributos de los personajes inolvidables. En la época de la Conquista, que es el tiempo en el que transcurre Flor de Hierro se producen batallas personales y grupales, que no se resuelven rápidamente, porque son complejas. Suceden en el margen histórico muy lejos del centro del poder, Libertad trama las historias con esas voces marginales y excluidas, que tienen mucho que decir y cuestionar ya que están en situación de resistencia, no aceptan lo que les imponen los poderosos.
La procedencia de esas voces atañe al cuerpo femenino, ungido de historia en él encontramos el estigma de hechos pasados y de él, nacen todos los deseos, las debilidades y los horrores, anidan y expresan la lucha y el insuperable conflicto de “Ser mujeres”. El cuerpo femenino se manifiesta entonces, como espacio de violencia, de exclusión y de muerte física o social. 
La novela de Demitrópulos apela a la reconstrucción de las etapas fundacionales de las regiones periféricas de Argentina, donde las mujeres encarnan la voz de la rebelión enmarcadas en la visión esclavizante del mundo fundacional americano: para dar dos ejemplos, María es la dualidad femenina:  romántica y erótica; Violante es la heroína condenada al desamor y la esterilidad,  todas tejen con sus pulsiones un modo de materializar la espera, todas recorren el viaje que busca territorios propios, ellas son libres no quieren ser existencias  pasivas ante su destino
Esas voces son las verdaderas hacedoras de la historia cuyos nombres nadie recoge: como también lo son las voces de todos  los indios, mestizos, mujeres que junto al conquistador, el héroe de la Independencia, a los caciques fueron vitales protagonistas.
María de La Cautiva [1] por ejemplo es una mujer de fuerte personalidad, que llega a obtener actitudes viriles para salvar su amor. Fatalmente se une a su figura el puñal que lleva en su mano; el puñal, es un símbolo de muerte y destrucción que no vacila en empuñar cuando la ocasión lo requiere. No es, por lo tanto, el enaltecimiento de la mujer frágil lo que aclama el poema, sino la fortaleza casi varonil que asume.
En algún pasaje de la narración niega o evade la realidad para reunir las fuerzas necesarias que le permitan continuar su lucha. Su belleza es descripta de acuerdo con la imagen de la mujer romántica. Sólo después de la muerte de su esposo se la retrata desencajada como un “pálido fantasma”. Cuando muere, su rostro recupera, prodigiosamente, la hermosura perdida. Su hombre Brian, es un ser débil, temeroso de su destino y de su honra. Así aparece en la obra, aunque se menciona su trayectoria de guerrero bravo, temido por los indios. Adopta una actitud resignada y fatalista, sin alentar a su mujer en la lucha contra su desgracia. Él le ha dedicado su vida a la patria y su mayor decepción es no poder morir en el campo de batalla.
Con la aparición de La cautiva (1837) de Echeverría se suma al referente real histórico un referente literario que parece fijar los márgenes para el tratamiento de este hecho en la literatura: primero, una masa de cautivas llorosas y pacientes; segundo, la cautiva con nombre propio convertida en mártir y heroína. Se está de uno u otro lado, algo divide las aguas: una frontera. Frontera entendida como línea, línea fija, inmutable. Frontera rígida que no da lugar a otra cosa más que a formas sólidas, cristalizaciones, es decir, estereotipos. Pero la frontera no es sólo cuestión de escritura,
El fie­ro ca­ci­que lle­va a su pri­sio­ne­ra des­ma­ya­da a su cu­bil, en­tre ala­ri­dos y re­tum­bar de cas­cos, ge­mi­dos las­ti­me­ros de las víc­ti­mas. Allá irá en ese mun­do pri­mi­ti­vo y hos­til, la be­lla cau­ti­va, cas­ta, blan­ca, ru­bia; a co­men­zar la vi­da de pecado, se­rá la con­cu­bi­na de su rap­tor, el cons­tan­te sa­ciar del “tor­pe pla­cer” y “su de­sor­de­na­do amor”, co­mo lo ca­ta­lo­ga Ruy Díaz de Guz­mán en el poe­ma re­fe­ri­do a Lu­cía Mi­ran­da “La Ar­gen­ti­na”. Se so­brea­bun­da, des­de el va­mos, en es­te te­ma del mar­ti­rio de la cau­ti­va, pre­cia­do ob­je­to del ma­lón.
Des­de Ruy Díaz, con­tan­do el mi­to de Lu­cía Mi­ran­da, pa­san­do por Juan Cruz Va­re­la, Es­te­ban Eche­ve­rría, Jo­sé Her­nán­dez, Lu­cio V. Man­si­lla, Eduar­do Man­si­lla de Gar­cía has­ta Jor­ge Luis Bor­ges, que abor­dó el te­ma pe­ro con cau­ti­va in­gle­sa, ru­bia, de ojos azu­les, pa­ra se­guir sien­do fiel a sí mis­mo; to­dos nos die­ron la mis­ma y pro­to­tí­pi­ca ima­gen: la in­fe­liz cau­ti­va caí­da en la de­gra­da­ción fí­si­ca y mo­ral por el in­fiel bár­ba­ro, por el in­dio la­drón.
En to­da esa li­te­ra­tu­ra que inf­lu­yó no­ta­ble­men­te, no se ha­bla de los atro­pe­llos, las ma­tan­zas, los ro­bos de na­ti­vas y sus hi­jos, que el hom­bre blan­co, no bien pi­só el Nue­vo Mun­do, rea­li­zó pa­ra pro­veer­se de mu­je­res que le ser­vi­rían en el le­cho y en sus po­se­sio­nes co­mo ma­no de obra es­cla­vi­za­da, y es­to se re­pro­du­ce en to­das las la­ti­tu­des y por to­dos los que abor­da­ron la con­quis­ta y la co­lo­ni­za­ción, ya sean an­glo­sa­jo­nes, fran­ce­ses, ho­lan­de­ses, por­tu­gue­ses o es­pa­ño­les.
Los ma­lo­nes fue­ron la res­pues­ta a la pri­me­ra arre­me­ti­da de los blan­cos, con­se­cuen­cia ló­gi­ca de la pre­po­ten­cia, la ava­ri­cia y lu­ju­ria del ci­vi­li­za­do. Los mo­der­nos in­ves­ti­ga­do­res so­bre es­te tó­pi­co van co­rrien­do el te­lón del mi­to, la le­yen­da, el tea­tro y la “his­to­ria ofi­cial” pa­ra de­jar a la vis­ta la ver­dad es­con­di­da de­trás. Las mu­je­res blan­cas, ve­ni­das de Es­pa­ña a po­blar las tie­rras a co­lo­ni­zar, tam­bién se die­ron a la ta­rea, aquí en Amé­ri­ca, pa­raí­so don­de ca­da co­lo­no po­día lle­var a sus tie­rras to­das las mu­je­res e in­dios que pu­die­re, no ba­jan­do de 200 pie­zas hu­ma­nas ca­da uno. En­tre los bie­nes a arre­ba­tar a los na­tu­ra­les fi­gu­ra­ban: pri­me­ro el oro, tie­rras y tí­tu­los más, la po­se­sión de pues­tos bu­ro­crá­ti­cos y, si no po­día ni lo uno ni lo otro, que hu­bie­se mu­je­res en abun­dan­cia pa­ra sa­tis­fa­cer­se fí­si­ca­men­te y pa­ra que en­tre tan­to tra­ba­ja­sen en las tie­rras de la­bran­za, ba­jo el sis­te­ma de “en­co­mien­da”.
La con­quis­ta se rea­li­zó sin mu­je­res blan­cas. Las ór­de­nes rea­les en las pri­me­ras ex­pe­di­cio­nes era ve­nir sin ellas, la mu­jer re­blan­de­ce el tem­ple del gue­rre­ro y pro­vo­ca el de­seo del in­dio, di­ce Cris­ti­na Igle­sias. Pe­ro cuan­do fue lle­gan­do el tiem­po de la co­lo­ni­za­ción, de­bía ha­cer­se so­bre la rea­fir­ma­ción del ho­gar de pu­ra ce­pa es­pa­ño­la; la cas­ta go­ber­nan­te, tam­bién se­ría ra­cial. Las ex­pe­di­cio­nes de So­lís, Ga­bo­to, Men­do­za, ve­ni­das al Río de la Pla­ta, to­das fra­ca­sa­ron es­truen­do­sa­men­te; el río que de­bía con­du­cir­los al fa­bu­lo­so ce­rro del re­gio me­tal, a la ri­que­za, a la fa­ma, al po­der, só­lo los con­du­jo al ham­bre y al de­sas­tre.
La tie­rra te­nía sus de­fen­so­res na­tu­ra­les. Las mu­je­res, las pri­me­ras es­pa­ño­las ve­ni­das con Men­do­za (1556), son las que sal­van la ex­pe­di­ción de ser ex­tin­gui­da to­tal­men­te. Isa­bel de Gue­va­ra, una de las que se aven­tu­ra­ron, es­cri­bió lo su­ce­di­do en esa te­rri­ble em­pre­sa al mo­nar­ca es­pa­ñol y esa car­ta  sa­ca del ano­ni­ma­to, es la pri­me­ra en en­trar en es­ta his­to­ria gra­cias a su plu­ma. Otra mu­jer de esos tiem­pos es la que se dio en lla­mar La Mal­do­na­da, aque­lla que aban­do­na la Bue­nos Ai­res ham­brea­da y sa­le a bus­car ali­men­to en la pa­m­pa sal­va­je. Se­gún un mi­to, era un pu­ma el que la sur­tía de per­di­ces en sus es­ca­pa­das que, por cier­to, son des­cu­bier­tas por los hombres. Aquí ya se intuyen las so­lu­cio­nes má­gi­cas pa­ra es­tas na­rra­cio­nes: los es­pa­ño­les la con­de­nan a mo­rir ata­da a un ár­bol, en me­dio del de­sier­to, pe­ro otra vez es el pu­ma el sal­va­dor que con los dien­tes de­sa­ta la so­ga del su­pli­cio y que­da cui­dan­do a la mu­jer pa­ra que otras fie­ras no la de­vo­ren.
Lue­go ven­drán más ex­pe­di­cio­nes y con mo­ti­vo de la des­truc­ción del fuer­te de Sanc­ti Spí­ri­tu, sur­gi­rá de la plu­ma de Ruy Díaz de Guz­mán el tan conoci­do mi­to de Lu­cía Mi­ran­da, pro­to­ti­po de cau­ti­va blan­ca, que ce­de a los re­queri­mien­tos amo­ro­sos de dos her­ma­nos in­dios pa­ra sal­var su vi­da y la de su es­po­so. Sin em­bar­go, ella mue­re en la ho­gue­ra y él, co­mo San Se­bas­tián, a fle­cha­zos. El re­la­to era fun­cio­nal: aler­ta­ba so­bre los ries­gos del mes­ti­za­je.
Entonces, cabe preguntarse si la mujer es comprendida dentro de los bienes como una cosa o como una persona, y la respuesta es muy sencilla: solo era fuente de cuerpo para placer, cuerpo para tener hijos y soportar las fronteras impuestas a ese cuerpo por los hombres y su sociedad. Ya desde las Crónicas de Indias esas recopilaciones de narraciones históricas, principalmente desde la perspectiva de los colonizadores españoles, sobre los sucesos que se desarrollaron durante el descubrimiento, conquista y colonización del continente americano, aunque también se incluyen escritos de mestizos o indígenas americanos, realizados durante el siglo XVI, pero no esta la presencia de la voz de la mujer

La cautiva es un cuerpo conquistado, la historia tiene muchas cautivas que mostrar pero no solo las que fueron raptadas o robadas, sino también las que fueron calladas, ignoradas, golpeadas o degradadas. El cautiverio es físico pero también puede ser emocional:
“… la palabra femenina como posibilidad de las mujeres de escribirse produciendo, reproduciendo o transgrediendo valores patriarcales culturalmente impuestos. La palabra de Rosa Guerra se inscribe en este caso, en el cuerpo y el cautiverio de Lucía Miranda. Al mismo tiempo, intentaré caminar junto a Lucía Miranda, la mujer española casta y fiel que es raptada por los indios “salvajes” que “nada saben de moralidad y de ley”.
Hablaré, en definitiva, del cautiverio femenino: cautiverio discursivo, moral o civilizado, real, violatorio o salvaje. Rosa Guerra y Lucía Miranda son, ambas, presas de un discurso y de una realidad que no las toma en cuenta.”[1]
La cautiva poema épico del escritor argentino Esteban Echeverría publicado en 1837, dentro del libro Rimas, ha sido considerado como la primera gran obra de la literatura argentina, antecedente inmediato de la aparición de la novela en ese país y a la vez, vehículo para el éxito del romanticismo, que el propio Echeverría había introducido en la literatura de habla hispana, en una Argentina que aún se encontraba en formación. Se trata de un relato heroico, otra característica del romanticismo, centrado en la figura de una mujer común, esposa de un soldado de pueblo, orientado a democratizar la literatura.
La cautiva es cuerpo en movimiento, que atraviesa las fronteras espaciales, culturales y sociales. El rapto fue una forma posible de viaje para cruzar estas fronteras, pero su cuerpo no elige nada, va hacia lo desconocido y siente terror pero también curiosidad. El sujeto que se atribuye la voz cronista o autor, es un sujeto en posición dominante, que inscribe valores sobre las diferencias, construye fronteras alrededor de las cautivas. Los marcos de apertura y de cierre, fijos y sólidos, funcionan como un corral en el que sitúa las historias desviadas[1]. El corral neutraliza la fuerza impugnadora de esas mujeres que con sus desplazamientos desproporcionados, inesperados, cuestionan las fronteras previstas por una mirada que concibe al sujeto autónomo como un privilegio cultural masculino
El origen del cautiverio de la mujer como prenda de canje, rescate o como objeto del deseo debe buscarse en la humana disputa por la posesión de la tierra, desde la llegada de los conquistadores. Fue una experiencia límite vivida por miles de mujeres de la campaña argentina, también fue un campo de observación del comportamiento femenino en relación con un hecho de violencia en su más alta expresión ya que, se trataba del cautiverio físico, mental, cultural, religioso y moral de mujeres que fueron arrancadas de su contexto histórico y social y abandonadas a su suerte, verdadera muerte en vida.
En la penumbra de los salones o a la intemperie de los caminos, las mujeres co-protagonizan la historia. No hay en ellas debilidad ni miedos; no hay traiciones ni mudanzas. Con habilidad política y arrojo físico, hacen lo que se tiene que hacer, sea bordar una bandera, equipar una tropa, empuñar un fusil, reunir dinero o entregar su vida por amor a un hombre, a la patria o a su familia[2]. Al lado de Belgrano o San Martín, siguiendo a los ejércitos, dedicadas al espionaje o inmolándose para detener a los realistas, las mujeres escriben páginas gloriosas de nuestro pasado que la ingratitud hacia el género mujer ha borroneado con su parcialidad masculina
Esteban Echeverría y José Hernández hablan con compasión de la mujer cautiva, pero Lucio Mansilla[3], que convivió con ellas, que las conoció y trató a lo largo de su itinerario, informa sobre un número considerable presentándolas siempre como mujeres realistas descreídas del mundo llamado “civilizado”, superando la frustración y la esperanza de salir del desierto, dueñas de una gran capacidad de adaptación al medio en el que tuvieron que sobrevivir. En el entrevero de una lucha a sangre y fuego entablada entre las fuerzas del poder, ellas quedaban en medio del campo desvalidas, disponiendo apenas de sus cuerpos como único recurso de expresión y transacción El desierto es el escenario donde la literatura, pero fundamentalmente a narrativa, capta una grieta del fenómeno bélico, un flanco donde la mujer es la víctima y el precio a pagar en el conflicto de poderes. Marginal de ambas fronteras, ella prefiere finalmente plantarse en la realidad y olvidar el mundo que la había olvidado.
Las cautivas argentinas no desataron una larga lucha como entre griegos y troyanos el rapto de Helena. Miles de Helenas perdieron la vida en el desierto o se resignaron a vivir arrancadas de cuajo de su medio originario. Para ellas no hubo expediciones ni rescates organizados ni arremetidas para liberarlas, solamente esperar que el tiempo borrara sus recuerdos. Pero la literatura, en su afán de mostrar determinados detalles del infierno, esas grietas que la sociedad quiere ocultar, ha reflejado para siempre en sus páginas una mancha dolorosa en la vida argentina.[4]


[1] Marcela Castro y Silvia Jurovietzky Fronteras, mujeres y caballos
[2] Leonor Calvera Revoluciones, minué y mujeres Pág.  83
[3] Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, cap. XXXV.
[4] Libertad Demitrópulos La mujer cautiva en la literatura argentina Págs. 159-163




[1] C. María Gabriela Rosa Guerra y Lucía Miranda: las mujeres cautivas MUJERES Y CULTURA EN LA ARGENTINA DEL SIGLO XIX

[1] Echeverría, Esteban Mujeres y cultura en la Argentina del siglo XIX Lea Fletcher Compiladora



[1] Entrevista a la autora (apuntes de la Cátedra)

lunes, 5 de abril de 2010

ver este power Poin no tiene desperdicio

power point sobre la esperanza
realizado por la familia Brackmann

una nota de 1937 sobre el Club Social

Cuando el Club Social significaba progreso







La nota publicada el 1 de abril de 1937 por el diario "El Día" expresa: "La nota gráfica que estampamos demuestra el positivo adelanto cultural-social y edilicio del pueblo del Ingenio La Esperanza. La institución social evidencia la eficiencia de sus miembros al levantar un edificio de magnitud tan valiosa, omo un exponente intrínseco de su propio significado cultural. Ello denota la fisonomía civilizadora de un pueblo, haciendo de él, un centro digno de aprecio y simpatías de propios y extraños, y que estimula a otros factores a realizar iniciativas como ésta, de embellecimiento y engrandecimiento en La Esperanza. El Día aplaude, pues, a los propulsores del Club Social del Ingenio La Esperanza, la construcción de su edificio social, cimentado por la eficiencia solidaria de cada uno y de todos sus componentes".

Publicado el 07/02/2009 14:38 Tiempo estimado de lectura: 00' 49".

martes, 2 de febrero de 2010

miércoles, 20 de enero de 2010

PREMIO VIVA LA LECTURA

EL PREMIO VIVA LA LECTURA ES UN NUEVO PROCESO QUE VAMOS A INICIAR CONTANDO TODA LA EXPERIENCIA DE ESTOS AÑOS DE LA SUBCOMISION VEREMOS QUE PASA LO VAMOS A MANTENER AL TANTO

LA ESPERANZA MUSEO VIVO 1882-2009

QUEREMOS QUE TODOS SE SIENTAN PROTAGONISTAS DE ESTA ACCION DE PUESTA EN VALOR DE NUESTRO PATRIMONIO
¿VOS TAMBIEN QUERES PARTICIPAR!
SUMATE A LA SUB COMISIÓN DE PRESERVACION Y CONSERVACION DEL PATRIMONIO HISTORICO Y BIOLOGICO DE LA ESPERANZA BIBLIOTECA POPULAR DR. JOBINO PEDRO SIERRA e IGLESIAS
ALGUNOS MIEMBROS SON TICA BELLIDO Y ESPOSO - GLORIA DE LA ROSA -JUAN BRACKMANN Y ESPOSA -NENE MACCHI -ANTONIO, ANGELICA, MARCELA, NELIDA TORRES-

Archivo del blog