Comparto este trabajo monográfico sobre la mujer durante la conquista española y la conquista sobre el aborigen porque son voces silenciadas, que deben ser revisadas y puestas de relieve.
La novela La flor de hierro (1978) Ediciones Castañeda de Libertad Demitrópulos es deslumbrante porque la instala en el centro de la historia argentina a través de la relación que efectúa con la historia de mujeres, que luchan contra el silencio.
Su voz viajó mutó y dispuso de esas historias de mujeres de épocas, razas, culturas que experimentaron el peligro de enunciarse en un Yo: indias, españolas, heroínas criollas, mujeres valientes: “No me propuse denunciar nada, sino poner en evidencia el drama del no decir que está presente desde que un Obispo le ordenó silencio a Sor Juana”.[1] Y en el texto, ella pone justamente estas palabras en la boca del cura cuando habla con Violante, la esposa doliente: “… escribir es cosa vana en una mujer”
Insiste en contar las historias de mujeres y de viajes: ellas son siempre espléndidas, sufrientes, resueltas, pudorosas o atrevidas pero las carga de todos los atributos de los personajes inolvidables. En la época de la Conquista , que es el tiempo en el que transcurre Flor de Hierro se producen batallas personales y grupales, que no se resuelven rápidamente, porque son complejas. Suceden en el margen histórico muy lejos del centro del poder, Libertad trama las historias con esas voces marginales y excluidas, que tienen mucho que decir y cuestionar ya que están en situación de resistencia, no aceptan lo que les imponen los poderosos.
La procedencia de esas voces atañe al cuerpo femenino, ungido de historia en él encontramos el estigma de hechos pasados y de él, nacen todos los deseos, las debilidades y los horrores, anidan y expresan la lucha y el insuperable conflicto de “Ser mujeres”. El cuerpo femenino se manifiesta entonces, como espacio de violencia, de exclusión y de muerte física o social.
La novela de Demitrópulos apela a la reconstrucción de las etapas fundacionales de las regiones periféricas de Argentina, donde las mujeres encarnan la voz de la rebelión enmarcadas en la visión esclavizante del mundo fundacional americano: para dar dos ejemplos, María es la dualidad femenina: romántica y erótica; Violante es la heroína condenada al desamor y la esterilidad, todas tejen con sus pulsiones un modo de materializar la espera, todas recorren el viaje que busca territorios propios, ellas son libres no quieren ser existencias pasivas ante su destino
Esas voces son las verdaderas hacedoras de la historia cuyos nombres nadie recoge: como también lo son las voces de todos los indios, mestizos, mujeres que junto al conquistador, el héroe de la Independencia , a los caciques fueron vitales protagonistas.
María de La Cautiva [1] por ejemplo es una mujer de fuerte personalidad, que llega a obtener actitudes viriles para salvar su amor. Fatalmente se une a su figura el puñal que lleva en su mano; el puñal, es un símbolo de muerte y destrucción que no vacila en empuñar cuando la ocasión lo requiere. No es, por lo tanto, el enaltecimiento de la mujer frágil lo que aclama el poema, sino la fortaleza casi varonil que asume.
En algún pasaje de la narración niega o evade la realidad para reunir las fuerzas necesarias que le permitan continuar su lucha. Su belleza es descripta de acuerdo con la imagen de la mujer romántica. Sólo después de la muerte de su esposo se la retrata desencajada como un “pálido fantasma”. Cuando muere, su rostro recupera, prodigiosamente, la hermosura perdida. Su hombre Brian, es un ser débil, temeroso de su destino y de su honra. Así aparece en la obra, aunque se menciona su trayectoria de guerrero bravo, temido por los indios. Adopta una actitud resignada y fatalista, sin alentar a su mujer en la lucha contra su desgracia. Él le ha dedicado su vida a la patria y su mayor decepción es no poder morir en el campo de batalla.
Con la aparición de La cautiva (1837) de Echeverría se suma al referente real histórico un referente literario que parece fijar los márgenes para el tratamiento de este hecho en la literatura: primero, una masa de cautivas llorosas y pacientes; segundo, la cautiva con nombre propio convertida en mártir y heroína. Se está de uno u otro lado, algo divide las aguas: una frontera. Frontera entendida como línea, línea fija, inmutable. Frontera rígida que no da lugar a otra cosa más que a formas sólidas, cristalizaciones, es decir, estereotipos. Pero la frontera no es sólo cuestión de escritura,
El fiero cacique lleva a su prisionera desmayada a su cubil, entre alaridos y retumbar de cascos, gemidos lastimeros de las víctimas. Allá irá en ese mundo primitivo y hostil, la bella cautiva, casta, blanca, rubia; a comenzar la vida de pecado, será la concubina de su raptor, el constante saciar del “torpe placer” y “su desordenado amor”, como lo cataloga Ruy Díaz de Guzmán en el poema referido a Lucía Miranda “La Ar gentina”. Se sobreabunda, desde el vamos, en este tema del martirio de la cautiva, preciado objeto del malón.
Desde Ruy Díaz, contando el mito de Lucía Miranda, pasando por Juan Cruz Varela, Esteban Echeverría, José Hernández, Lucio V. Mansilla, Eduardo Mansilla de García hasta Jorge Luis Borges, que abordó el tema pero con cautiva inglesa, rubia, de ojos azules, para seguir siendo fiel a sí mismo; todos nos dieron la misma y prototípica imagen: la infeliz cautiva caída en la degradación física y moral por el infiel bárbaro, por el indio ladrón.
En toda esa literatura que influyó notablemente, no se habla de los atropellos, las matanzas, los robos de nativas y sus hijos, que el hombre blanco, no bien pisó el Nuevo Mundo, realizó para proveerse de mujeres que le servirían en el lecho y en sus posesiones como mano de obra esclavizada, y esto se reproduce en todas las latitudes y por todos los que abordaron la conquista y la colonización, ya sean anglosajones, franceses, holandeses, portugueses o españoles.
Los malones fueron la respuesta a la primera arremetida de los blancos, consecuencia lógica de la prepotencia, la avaricia y lujuria del civilizado. Los modernos investigadores sobre este tópico van corriendo el telón del mito, la leyenda, el teatro y la “historia oficial” para dejar a la vista la verdad escondida detrás. Las mujeres blancas, venidas de España a poblar las tierras a colonizar, también se dieron a la tarea, aquí en América, paraíso donde cada colono podía llevar a sus tierras todas las mujeres e indios que pudiere, no bajando de 200 piezas humanas cada uno. Entre los bienes a arrebatar a los naturales figuraban: primero el oro, tierras y títulos más, la posesión de puestos burocráticos y, si no podía ni lo uno ni lo otro, que hubiese mujeres en abundancia para satisfacerse físicamente y para que entre tanto trabajasen en las tierras de labranza, bajo el sistema de “encomienda”.
La conquista se realizó sin mujeres blancas. Las órdenes reales en las primeras expediciones era venir sin ellas, la mujer reblandece el temple del guerrero y provoca el deseo del indio, dice Cristina Iglesias. Pero cuando fue llegando el tiempo de la colonización, debía hacerse sobre la reafirmación del hogar de pura cepa española; la casta gobernante, también sería racial. Las expediciones de Solís, Gaboto, Mendoza, venidas al Río de la Pla ta, todas fracasaron estruendosamente; el río que debía conducirlos al fabuloso cerro del regio metal, a la riqueza, a la fama, al poder, sólo los condujo al hambre y al desastre.
La tierra tenía sus defensores naturales. Las mujeres, las primeras españolas venidas con Mendoza (1556), son las que salvan la expedición de ser extinguida totalmente. Isabel de Guevara, una de las que se aventuraron, escribió lo sucedido en esa terrible empresa al monarca español y esa carta saca del anonimato, es la primera en entrar en esta historia gracias a su pluma. Otra mujer de esos tiempos es la que se dio en llamar La Mal donada, aquella que abandona la Bue nos Aires hambreada y sale a buscar alimento en la pampa salvaje. Según un mito, era un puma el que la surtía de perdices en sus escapadas que, por cierto, son descubiertas por los hombres. Aquí ya se intuyen las soluciones mágicas para estas narraciones: los españoles la condenan a morir atada a un árbol, en medio del desierto, pero otra vez es el puma el salvador que con los dientes desata la soga del suplicio y queda cuidando a la mujer para que otras fieras no la devoren.
Luego vendrán más expediciones y con motivo de la destrucción del fuerte de Sancti Spíritu, surgirá de la pluma de Ruy Díaz de Guzmán el tan conocido mito de Lucía Miranda, prototipo de cautiva blanca, que cede a los requerimientos amorosos de dos hermanos indios para salvar su vida y la de su esposo. Sin embargo, ella muere en la hoguera y él, como San Sebastián, a flechazos. El relato era funcional: alertaba sobre los riesgos del mestizaje.
Entonces, cabe preguntarse si la mujer es comprendida dentro de los bienes como una cosa o como una persona, y la respuesta es muy sencilla: solo era fuente de cuerpo para placer, cuerpo para tener hijos y soportar las fronteras impuestas a ese cuerpo por los hombres y su sociedad. Ya desde las Crónicas de Indias esas recopilaciones de narraciones históricas, principalmente desde la perspectiva de los colonizadores españoles, sobre los sucesos que se desarrollaron durante el descubrimiento, conquista y colonización del continente americano, aunque también se incluyen escritos de mestizos o indígenas americanos, realizados durante el siglo XVI, pero no esta la presencia de la voz de la mujer
La cautiva es un cuerpo conquistado, la historia tiene muchas cautivas que mostrar pero no solo las que fueron raptadas o robadas, sino también las que fueron calladas, ignoradas, golpeadas o degradadas. El cautiverio es físico pero también puede ser emocional:
“… la palabra femenina como posibilidad de las mujeres de escribirse produciendo, reproduciendo o transgrediendo valores patriarcales culturalmente impuestos. La palabra de Rosa Guerra se inscribe en este caso, en el cuerpo y el cautiverio de Lucía Miranda. Al mismo tiempo, intentaré caminar junto a Lucía Miranda, la mujer española casta y fiel que es raptada por los indios “salvajes” que “nada saben de moralidad y de ley”.
Hablaré, en definitiva, del cautiverio femenino: cautiverio discursivo, moral o civilizado, real, violatorio o salvaje. Rosa Guerra y Lucía Miranda son, ambas, presas de un discurso y de una realidad que no las toma en cuenta.”[1]
La cautiva poema épico del escritor argentino Esteban Echeverría publicado en 1837, dentro del libro Rimas, ha sido considerado como la primera gran obra de la literatura argentina, antecedente inmediato de la aparición de la novela en ese país y a la vez, vehículo para el éxito del romanticismo, que el propio Echeverría había introducido en la literatura de habla hispana, en una Argentina que aún se encontraba en formación. Se trata de un relato heroico, otra característica del romanticismo, centrado en la figura de una mujer común, esposa de un soldado de pueblo, orientado a democratizar la literatura.
La cautiva es cuerpo en movimiento, que atraviesa las fronteras espaciales, culturales y sociales. El rapto fue una forma posible de viaje para cruzar estas fronteras, pero su cuerpo no elige nada, va hacia lo desconocido y siente terror pero también curiosidad. El sujeto que se atribuye la voz cronista o autor, es un sujeto en posición dominante, que inscribe valores sobre las diferencias, construye fronteras alrededor de las cautivas. Los marcos de apertura y de cierre, fijos y sólidos, funcionan como un corral en el que sitúa las historias desviadas[1]. El corral neutraliza la fuerza impugnadora de esas mujeres que con sus desplazamientos desproporcionados, inesperados, cuestionan las fronteras previstas por una mirada que concibe al sujeto autónomo como un privilegio cultural masculino
El origen del cautiverio de la mujer como prenda de canje, rescate o como objeto del deseo debe buscarse en la humana disputa por la posesión de la tierra, desde la llegada de los conquistadores. Fue una experiencia límite vivida por miles de mujeres de la campaña argentina, también fue un campo de observación del comportamiento femenino en relación con un hecho de violencia en su más alta expresión ya que, se trataba del cautiverio físico, mental, cultural, religioso y moral de mujeres que fueron arrancadas de su contexto histórico y social y abandonadas a su suerte, verdadera muerte en vida.
En la penumbra de los salones o a la intemperie de los caminos, las mujeres co-protagonizan la historia. No hay en ellas debilidad ni miedos; no hay traiciones ni mudanzas. Con habilidad política y arrojo físico, hacen lo que se tiene que hacer, sea bordar una bandera, equipar una tropa, empuñar un fusil, reunir dinero o entregar su vida por amor a un hombre, a la patria o a su familia[2]. Al lado de Belgrano o San Martín, siguiendo a los ejércitos, dedicadas al espionaje o inmolándose para detener a los realistas, las mujeres escriben páginas gloriosas de nuestro pasado que la ingratitud hacia el género mujer ha borroneado con su parcialidad masculina
Esteban Echeverría y José Hernández hablan con compasión de la mujer cautiva, pero Lucio Mansilla[3], que convivió con ellas, que las conoció y trató a lo largo de su itinerario, informa sobre un número considerable presentándolas siempre como mujeres realistas descreídas del mundo llamado “civilizado”, superando la frustración y la esperanza de salir del desierto, dueñas de una gran capacidad de adaptación al medio en el que tuvieron que sobrevivir. En el entrevero de una lucha a sangre y fuego entablada entre las fuerzas del poder, ellas quedaban en medio del campo desvalidas, disponiendo apenas de sus cuerpos como único recurso de expresión y transacción El desierto es el escenario donde la literatura, pero fundamentalmente a narrativa, capta una grieta del fenómeno bélico, un flanco donde la mujer es la víctima y el precio a pagar en el conflicto de poderes. Marginal de ambas fronteras, ella prefiere finalmente plantarse en la realidad y olvidar el mundo que la había olvidado.
Las cautivas argentinas no desataron una larga lucha como entre griegos y troyanos el rapto de Helena. Miles de Helenas perdieron la vida en el desierto o se resignaron a vivir arrancadas de cuajo de su medio originario. Para ellas no hubo expediciones ni rescates organizados ni arremetidas para liberarlas, solamente esperar que el tiempo borrara sus recuerdos. Pero la literatura, en su afán de mostrar determinados detalles del infierno, esas grietas que la sociedad quiere ocultar, ha reflejado para siempre en sus páginas una mancha dolorosa en la vida argentina.[4]
[1] Marcela Castro y Silvia Jurovietzky Fronteras, mujeres y caballos
[2] Leonor Calvera Revoluciones, minué y mujeres Pág. 83
[4] Libertad Demitrópulos La mujer cautiva en la literatura argentina Págs. 159-163
[1] C. María Gabriela Rosa Guerra y Lucía Miranda: las mujeres cautivas MUJERES Y CULTURA EN LA ARGENTINA DEL SIGLO XIX
Olvide decir que Libertad Demitropulos es jujeña como yo, me gustaria que googleen su nombre y conozcan su magnifica obra literaria
ResponderEliminarAhora bien para realizar una clase con este tema como primera medida les mostraría a los alumnos una serie de imágenes de mujeres aborígenes, españolas, cautivas, guerreras de la independencia.
Como tarea ellos deberán realizar una búsqueda bibliográfica sobre mujeres que tengan alguna de estas condiciones en Argentina y América
luego a través de un retrato caracterizaran a la protagonista de un pequeño relato, que deberán crear en forma colectiva en un texto que recree algún momento histórico